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 Actualizado: 15 de diciembre de 2009 

Cumbre de Copenhague


En estos días se celebra la conferencia de Copenhague sobre el “cambio climático”. Dejando que los científicos debatan sobre el calentamiento global desde el punto de vista científico, hay que constatar la instrumentalización de esta cuestión a manos de todas las instituciones internacionales (FMI, Banco Mundial, Unión Europea, OCDE, ONU…) y por todos los gobiernos para justificar la puesta en marcha de políticas devastadoras que se nos presentan bajo las etiquetas de “desarrollo sostenible”, “decrecimiento”, (Zapatero nos habla de “nuevo modelo productivo” y propone una “ley de economía sostenible”).

Todo esto mientras que los capitalistas propietarios de los medios de producción, confrontados a la crisis de su sistema, no tienen otro recurso para intentar restablecer sus márgenes de beneficio que la destrucción masiva de fuerzas productivas declaradas “excedentarias”, los cierres de fábricas, los despidos masivos.

Desempolvan un discurso y un método que no tienen nada de nuevo, y cuyo objetivo es siempre el mismo: sustituir la lucha de clases por un “interés superior”, común a todas las clases sociales, que sería la supuesta “defensa del planeta”, a la que todo debe subordinarse, empezando por la suerte inmediata de los trabajadores y los pueblos a quienes la crisis económica y las guerras arrojan hoy al caos y la miseria.


1987: entra en escena el desarrollo sostenible

En abril de 1987, la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, creada por las Naciones Unidas y presidida por Gro Brundtland, primera ministra de Noruega, publica un informe titulado Nuestro futuro común. El informe Brundtland se considera el texto fundacional del concepto de “desarrollo sostenible”, que suministró la base argumental de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, de Río de Janeiro (Brasil) también conocida como Cumbre de la Tierra (1992), que a su vez condujo, en 1997, a la firma del protocolo de Kyoto sobre la reducción de los gases de efecto invernadero.

A partir de entonces, instituciones internacionales, gobiernos y medios de comunicación utilizan ampliamente el término “desarrollo sostenible”, proporcionando datos aparentemente irrefutables, anunciando el apocalipsis para pasado mañana, culpabilizando a toda la humanidad, acusada poco menos que de sacrificar el planeta a su insaciable apetito “consumista”. ¿Quién podría estar en contra de un desarrollo sostenible?


Malthus resucita

En 1972, el Club de Roma publicó un informe titulado Los límites del crecimiento que adoptaba ese discurso. Este Club, creado en 1968 por Aurelio Peccei, administrador de numerosas multinacionales, como la Fiat, y Alexander King, antiguo director científico de la Organización de Cooperación y Desarrollo Economico (OCDE), y que cuenta en sus filas con directivos de la mayoría de las grandes instituciones internacionales (Banco Mundial, FMI, ONU, etc.), está financiado por poderosos grupos industriales de más de cincuenta países. Toda una garantía de “objetividad”

No se hablaba aún de “cambio climático”, sino de los “límites del planeta”: “El planeta no es suficientemente grande y sus recursos no son suficientes para seguir tolerando el comportamiento egocéntrico y agresivo de sus habitantes”. La tesis principal del libro es que, “en un planeta limitado, las dinámicas de crecimiento exponencial (población y producto per cápita) no son sostenibles”. Y a partir de estas afirmaciones abiertamente malthusianas1, el Club de Roma predijo un agotamiento de las reservas de hidrocarburos para 2010 (¡para el año que viene!), lo que deja claro el valor de todas estas “previsiones”, consideradas como verdades indiscutibles, que a menudo no se han confirmado. Pero no hay problema. El dogma del “desarrollo sostenible”, corolario del “cambio climático”, ha tomado el relevo.


¿Demasiados trabajadores, campesinos, población?

Hoy como ayer, la consigna de los capitalistas es que para vencer a la crisis (de su sistema) hay que reducir la “capacidad excedentaria” de producción. Para el capital, hay en todas partes un “exceso” de trabajadores, campesinos, población. Hay que “racionalizar”, no para responder a las necesidades de la Humanidad, sino para recuperar los beneficios. Servicios públicos, sistemas de protección social, pensiones, deben ser sacrificados.

En 1970 la OCDE declaraba que “es preciso un control estricto de las políticas de demanda (...) el exceso de demanda debería ser eliminado (sic) y los gobiernos deberían prepararse para aceptar, si fuera necesario, una reducción temporal de las tasas de actividad, al menos hasta que haya signos de que se alcanza una mejor estabilidad de los precios”.

Estas propuestas han sido llevadas a la práctica. Los trabajadores y los pueblos han pagado un duro precio, en las profundas reestructuraciones que ha sufrido la industria, en el auténtico plan de erradicación del campesinado aplicado por la Unión Europea.

Al mismo tiempo, los intentos de los países considerados en vías de desarrollo de alcanzar su soberanía, el control sobre sus recursos, son brutalmente aplastados por el talón de hierro de la deuda externa y las políticas de ajuste estructural del FMI2.


Copenhague nos ofrece las mismas recetas

Tomemos nota de las propuestas de “corresponsabilidad” entre “países del Norte” y “países del Sur”, que llaman a los primeros a “moderar su consumo” para “dejar espacio” a estos últimos.

Cuando el Informe de Cáritas nos recuerda que millares de “trabajadores pobres” han de recurrir a la caridad, cuando el paro arrastra a millones de familias a la pobreza, cuando cientos de miles de familias norteamericanas se ven expulsadas de sus hogares, condenadas a vivir en asentamientos en las afueras de las ciudades, cualquiera puede valorar de qué se está hablando. Por no hablar de las poblaciones de África que ven negado el acceso a los alimentos, en tanto que las riquezas naturales de su suelo son objeto del peor pillaje y se dedican miles de millones de dólares a las industrias de armamento y las guerras.


Nuevamente, la integración de los sindicatos

Este breve resumen de la cuestión de Copenhague quedaría incompleto si no presentáramos el pilar político, el “corporativismo”, la integración de las organizaciones obreras, la asociación directa de sus direcciones a esta política devastadora en nombre de la defensa del “bien común”, a la que todas las partes de la sociedad deben someterse, la negación de la división de la sociedad en clases sociales con intereses antagónicos, la renuncia a las reivindicaciones.

Tal es el discurso que va a oírse en Copenhague. El de la “superación” de los “egoísmos”, el de la responsabilidad social y colectiva, combinadas con la culpabilización individual.

La defensa de todos los empleos, la búsqueda de mejores condiciones de vida, de salario, de educación, de protección social, de jubilación ¿van a ser declaradas ilegítimas, incompatibles con la defensa del planeta? Las organizaciones portadoras de estas reivindicaciones son apremiadas a ello.


El papel de la CES

La CES llama a los sindicatos a asociarse a las empresas, a las asociaciones profesionales y a los poderes públicos (es decir, a la patronal y al Estado).

En una carta enviada el 28 de octubre a los Jefes de Estado y de gobierno, la Confederación Europea de Sindicatos declaraba: “es esencial poner en marcha una política industrial europea de bajo uso de carbono basada en una dinámica de coordinación industrial comunitaria. Esta estrategia europea debería basarse en principios de transición justos: diálogo entre gobiernos, industria y sindicatos, y otros grupos interesados, empleos verdes y decentes, inversiones en tecnologías de bajo uso de carbono, nuevas profesiones verdes”. Y la CES reclama sobre esta base “la creación a nivel europeo de un instrumento (que coordine los instrumentos existentes como los consejos sectoriales) que permita asegurar la anticipación de las transiciones socioeconómicas y reforzar el diálogo entre los interlocutores sociales y los poderes públicos. En este marco, la Unión Europea debe abordar el desafío de las reestructuraciones industriales”.

A esto le llaman “asociación capital-trabajo”… ¿Por el futuro del planeta? No, por el futuro de un puñado de capitalistas, industriales, banqueros y especuladores3.


1 Thomas Robert Malthus (1766-1834) postuló en su Ensayo sobre el principio de la población que la población crecía de manera geométrica en tanto que la producción de alimentos sólo lo hacía de manera aritmética, y propuso una “reducción de la población y del consumo”, lo que se ha llamado malthusianismo.

2 Con la excepción, tal vez, de las deslocalizaciones de las multinacionales a China, Vietnam, etc.

3 El País del 13 de diciembre titula: “Gran negocio verde en Copenhague. Las empresas pugnan para beneficiarse de los 8,2 billones de euros que costará reformar el sistema energético - Las grandes compañías toman la capital danesa”





Cambio climático: ¿Propuestas reaccionarias que se cubren con la bandera de la IV Internacional?

En su texto sobre la Cumbre de Copenhague titulado Contra el cambio climático y por la justicia social ¡Cambiemos el mundo, NO el clima!, Izquierda Anticapitalista nos dice que “hoy, la táctica del gran capital y de los gobiernos no es ya desprestigiar las evidencias científicas, sino tomar la iniciativa y hacer del cambio climático un nuevo negocio y pasarle la factura a las víctimas de siempre: el planeta, los pueblos del Sur, las clases trabajadoras del Norte y las generaciones futuras.”

Tras informarnos sobre los efectos atribuibles al cambio climático, y advertir de que es posible que se produzcan fenómenos que “dispararían el cambio climático y lo harían incontrolable”, IA nos dice que “evitar que las catástrofes climáticas concretas que se están multiplicando hoy en el mundo muten en una catástrofe ecológica, económica, social y política, a la vez global y permanente, todavía está en nuestras manos, pero el tiempo se está agotando”. Por tanto, en opinión de IA, es urgente actuar. Pero ¿cómo?.


La causa es la sobreproducción

IA nos informa de que la crisis actual (crisis financiera que se convierte en una crisis económica global del capitalismo) “es una crisis de sobreproducción” que “es imposible que se resuelva sin un reparto radical de la riqueza, del trabajo y del tiempo que parta de una reformulación radical de las necesidades humanas, de las prioridades de producción y de una planificación democrática capaz de introducir una racionalidad social y ecológica totalmente ajena a las fuerzas ciegas del mercado”. Por tanto, ¿estamos ante una sobreproducción que debe solucionarse reformulando “las necesidades humanas”? ¿No quiere decir eso que hay que reducir las expectativas, la producción y el consumo? Todo ello para “construir el (eco)socialismo”... que parece basarse en la reducción de la producción. Así, el texto de IA critica que “en lugar de asumir su responsabilidad en el cambio climático global, los países imperialistas han renunciado a modificar sus economías para limitar sus emisiones y han buscado subterfugios para eludir conseguir las reducciones a que se comprometieron". Por tanto, “es tarea de la izquierda anticapitalista ligar la lucha por la defensa de los derechos sociales y la necesaria reconversión ecológica de la industria, de las fuentes energéticas, de los sistemas de transporte y de la agricultura”, puesto que “no hay salida socialista a la crisis que no siente las bases de una reconversión ecológica de la economía y una reconciliación con el planeta”.

¿Cómo? “El futuro pasa por una transferencia de tecnologías limpias a los países empobrecidos y por la lucha por la soberanía alimentaria, energética y política de los pueblos”

“Necesitamos reorientar el gasto público para iniciar una reconversión ecológica de la industria y crear nuevos empleos que cubran necesidades sociales y/o medioambientales que deben expandirse frente a las satisfechas por la sociedad de consumo: salud, educación, ocio y cultura, atención a la tercera edad o a la infancia, recuperación de espacios públicos urbanos y naturales…” ¿No significa eso acabar con toda la “vieja” industria, con el conjunto dela economía productiva?


¿La solución, el decrecimiento?

“Se trata de iniciar pues una reconversión basada en una nueva cultura del "buen vivir" al alcance de todos y reconciliable con el planeta, abandonando modelos importados y superando la tiranía de la sociedad de consumo”. ¿Nos están tomando el pelo? ¿Se puede hablar de tiranía de la sociedad de consumo con 4 millones de parados, con un millón de ellos sin subsidio alguno?

Esther Vivas, dirigente de IA y cabeza de su lista a las elecciones europeas, es una ardiente defensora de lo que llaman “decrecimiento”, que según ella misma, “es un concepto que tiene la virtud de plantear una crítica radical al actual modelo productivista en un contexto de crisis ecológica global y que cuestiona las políticas vigentes y la falacia del crecimiento sin límites”. La propia Vivas nos explica que “en el contexto de crisis económica actual, la idea de decrecer puede ser difícilmente aceptada por los sectores más afectados por la crisis, como los parados, precarios, familias con dificultades para llegar a final de mes, etc”. ¿Difícilmente aceptada? ¿Se equivocan estas gentes que quieren salir de la pobreza? ¿Es tarea de los “anticapitalistas” convencerles de que es por el bien del planeta?

Para IA “los cambios en los hábitos individuales son necesarios para reducir el despilfarro y el consumo desmesurado, pero son totalmente insuficientes para cambiar el modelo de producción y de consumo, aunque representan un germen de una sociedad nueva. Ello sólo es posible construyendo un amplio movimiento social que una en un mismo combate la reconversión ecológica de la economía y la defensa y ampliación de los derechos sociales”. Por tanto, la propuesta es “federar las campañas ecologistas más o menos dispersas que conocemos y tejer una alianza entre éstas y el movimiento obrero organizado que resiste a la crisis capitalista. Es fundamental implicar al máximo de organizaciones sindicales y comités de empresa en esta lucha, sobre todo a los sectores que entienden que la defensa de los puestos de trabajo no debe hacerse a costa de mantener industrias antiecológicas, sino luchando por una reconversión ecológica de conjunto”. ¿Y qué hacemos entonces con los sindicalistas que defienden los “antiecológicos” puestos de trabajo en la industria del automóvil, en la minería, en la siderurgia...? ¿Ahora los miles que se manifiestan en defensa de la Opel de Figueruelas deben ser considerados cómplices de la catástrofe que amenaza al planeta?

IA nos tranquiliza diciendo que “todo apunta que las tecnologías limpias son mucho más intensivas en trabajo que las convencionales. Una producción y transportes descarbonizados y por supuesto una economía ambientalmente sostenible- generarán un mayor volumen de puestos de trabajo que los actualmente existentes”. Pero ¿qué sucede si hoy se cierran industrias antes de que aparezcan tales puestos de trabajo? IA admite que “puede haber desfases temporales o espaciales entre los empleos perdidos y los empleos generados”, por ello es necesario que “la izquierda y el movimiento sindical se anticipen y e identifiquen las consecuencias adversas en cada sector y en cada país que pudieran derivarse sobre todo en relación con el empleo y la justicia social y territorial”.


¿Hay solución dentro del capitalismo?

IA nos ha dicho que para solucionar el problema del cambio climático es necesario cambiar el modelo económico y construir el “ecosocialismo”. Pero al parecer, también los gobiernos actuales pueden solucionar el problema. “Por ello exigimos que la Cumbre adopte entre otras las siguientes decisiones: Drástica reducción de emisiones mundiales de CO2 para evitar pasar el temible límite de incremento de 2ºC de la temperatura media y, para ello, las emisiones globales deben experimentar una inflexión a la baja a partir de 2015. En consecuencia, los países industrializados deberán reducir en 2020 sus emisiones por debajo del 40% respecto a los niveles de 1990. Esta reducción debe darse en el interior de cada uno de dichos países de forma obligatoria y sin recurrir a la compensación por inversiones en terceros países. Se debe lograr la reducción de la demanda de energía primaria en un 20% respecto a 2005 para 2020” y también “crear un fondo de adaptación para los países empobrecidos, que se alimente de la fiscalidad sobre los combustibles fósiles y nucleares en los países industrializados y también facilitar la transferencia de tecnologías limpias de las metrópolis imperialistas a los países empobrecidos”

Finalmente, la Unión Europea puede ser la solución al problema. Por ello, IA exige “que el Gobierno español, que no sale de las proclamas, defienda en la Cumbre de Copenhague y la futura presidencia española de la Unión Europea las medidas propuestas”.

Quienes forman Izquierda Anticapitalista tiene sin duda todo el derecho a defender sus opiniones, sean las que sean, pero ¿es legítimo que se cubran con la bandera del trotskismo, de la IV Internacional, del marxismo, para estas propuestas malthusianas y reaccionarias?