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Actualizado: 9 de marzo de 2010
El euro es el obstáculo
El presidente Zapatero anunció hace un mes un drástico plan de ajuste (o “estabilidad”) para detener una ofensiva especulativa contra España en los mercados de la deuda pública. El ministro Blanco explicó que esa ofensiva respondía a un complot contra el euro. También el primer ministro Papandréu ha declarado que Grecia es víctima de un ataque especulativo contra el euro, y su respuesta ha sido desmantelar las conquistas sociales y las bases económicas del país.
Los especuladores se ceban en las contradicciones inherentes a la “moneda única”, y la respuesta de la Unión Europea pretende resolver esas contradicciones destruyendo las economías y los derechos.
Una moneda “especial”
La implantación de la moneda única por el tratado de Maastricht se basó en:
Criterios de convergencia: déficit público inferior al 3% del PIB, deuda pública inferior al 60% del PIB, inflación (fijada posteriormente en el 2%), tipos de interés en función de los mercados.
El Pacto de Estabilidad obliga a todos los Estados miembros a convertir estos criterios en una política económica permanente.
Estas disposiciones del tratado de Maastricht han promovido todas las contrarreformas, desreglamentaciones y privatizaciones realizadas en Europa desde 1992.
Hans Tietmeyer, entonces (1997) presidente del Bundesbank respondía a un periodista de Le Monde: “el euro va a reforzar la competencia entre los países y los mercados, va a suprimir el tipo de cambio, que podía servir hasta aquí de ‘airbag’. Hablando claro, la competitividad de nuestras economías no alcanzará nuevos niveles si no hacemos un esfuerzo de flexibilidad en el mercado de trabajo.” Por tanto el euro no es más que un medio de la Unión Europea para llevar a cabo las reformas estructurales exigidas por el FMI, la OCDE. El discurso de Maastricht, tan bien asumido por la derecha y la izquierda, se enfrenta pues a una realidad testaruda: la lucha de clases.
En efecto, la existencia de esta ‘moneda única’ no se basa en una unificación política y económica, que dista de haberse realizado. Los obstáculos para esa unificación están ligados a las relaciones sociales de explotación: a las conquistas obreras (legislaciones sociales, convenios colectivos, etc.) y a la existencia de Estados nacionales conformados por la lucha de clases. Esto hace que el coste medio de la fuerza de trabajo sea diferente en cada país.
Moneda y Estado
Existe una estrecha relación entre moneda, Estado y mercado nacional. La emisión de moneda ha sido siempre una prerrogativa del Estado. Tiene por objetivo el buen funcionamiento del mercado nacional y defender los intereses de los capitalistas nacionales frente a los de las otras naciones.
Las economías más “competitivas” conquistan mayor parte de los mercados que otras que lo son menos. En caso de pérdida de competitividad los gobiernos han recurrido a la devaluación de la moneda (la “devaluación competitiva”) que permite vender menos caro en el exterior los productos nacionales con las mismas condiciones de explotación.
Con el euro, al perder el Estado la capacidad de emitir moneda, alterar el tipo de cambio o el tipo de interés, el único “método” que le queda para preservar su parte en el mercado mundial es reestructurar las empresas, reducir los costes de producción y el empleo, reducir el coste de la fuerza de trabajo.
El BCE, un banco central “especial”
Los estatutos de los bancos centrales nacionales suelen afirmar que su objetivo es defender la economía nacional y el bienestar de los ciudadanos, cuestiones que la burguesía subordina a sus propios intereses.
En cambio, los artículos 107 a 109 del tratado de Maastricht estipulan: “el objetivo del Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC) es mantener la estabilidad de precios (…) en torno al principio de una economía de mercado abierta en un contexto de libre competencia.”
Los tipos de interés fijados por un banco central determinan el precio del dinero, el coste de los créditos, son pues un verdadero útil de determinación del nivel de la actividad productiva.
Asegurar la “estabilidad de precios” supone elevar los tipos de interés a la menor tensión inflacionista, limitar la demanda y la producción con el fin de que los intercambios se hagan a los precios menos caros, es decir, según los costes de producción más bajos. Lo cual requiere sacrificar los sectores económicos que los especuladores consideren “no rentables” y desmantelar las conquistas sociales, las posiciones conquistadas por el proletariado en los diversos países europeos.
La primacía de la estabilidad de precios requiere la “independencia” del BCE, para evitar cualquier obstáculo que pudiera oponer el poder político. Independiente de los gobiernos, agente de los mercados financieros, de Wall Street.
El euro y el dólar
El euro impide que los países en él integrados utilicen la política monetaria, pero en cambio los Estados Unidos la usan con profusión, manipulando el valor del dólar, beneficiándose de su función de moneda internacional para imponer sus intereses comerciales al resto del mundo (1973, devaluación del dólar; 1985, los Estados Unidos imponen una reevaluación del yen y de las monedas europeas; presión sostenida sobre el yen desde 1994, haciendo pasar tipo de cambio de 236 yenes a 90 yenes por dólar.)
Desde 1971, cuando los Estados Unidos deciden poner fin al sistema monetario internacional de Bretton Woods y pasar a un sistema flotante de monedas desconectadas oficialmente del oro, los países de la CEE tratan de protegerse de la especulación desatada contra las monedas:
establecen en 1973 un sistema concertado de flotación de las monedas, la “serpiente monetaria”. Pero poco a poco la mayor parte de los países renunciaron a este sistema que agotaba las reservas a los bancos centrales para mantener la paridad de las monedas.
en 1979 se crea el Sistema Monetario Europeo (SME). En 1992 los movimientos especulativos llevan a la lira italiana y a la libra inglesa a devaluarse y abandonar el sistema, después se devalúa la peseta; y finalmente estalla en 1993.
el euro, con su Pacto de Estabilidad, es una versión más constrictiva para los gobiernos que el SME. El euro no hace desaparecer las contradicciones, las convierte en más explosivas.
Hay que recordar que la liquidez de los mercados financieros internacionales se calcula en 40 billones de dólares y las reservas de los bancos centrales en 1,5 billones de dólares. En el euro, privado cada Estado de la posibilidad de emitir moneda, de fijar los tipos de interés y de cambio, con la limitación del déficit público al 3% del PIB, ¿cómo puede defender el valor de su deuda pública frente a los mercados financieros, que especulan con ella? Los ‘mercados’ pueden exigir que cada Estado lleve las reformas estructurales hasta la destrucción de las propias clases obreras, de sus bases económicas. Es hoy el caso de Grecia, y en otro grado de España, pero cualquier país de la UE puede verse arrastrado a la misma situación.
Al mismo tiempo, una bancarrota de España, no digamos ya de Italia o de Francia, podría dar al traste con el euro. En un intento desesperado de salvar el euro, Bruselas se dispone a imponer con más brutalidad el ajuste, la destrucción de las economías, sometiendo a tutela a los gobiernos con los medios que le da el tratado de Lisboa.
Ya las cifras muestran que el plan de ajuste de Zapatero está impidiendo que la economía española salga de la recesión.
La destrucción sólo prepara nuevas bancarrotas.
Pero las burguesías europeas no son capaces de buscar otra salida. Su “mercado único”, la Unión Europea y Monetaria, no pretenden constituir un Estado europeo que controle políticamente el BCE y establezca una política proteccionista frente a los Estados Unidos. Los capitalistas europeos tratan de mantener un lugar en el reparto de la plusvalía en los procesos de competencia furiosa ligados a la desreglamentación generalizada, las privatizaciones y a la especulación. Sí, la apertura de la UE a la libre competencia ha llevado a destruir los monopolios públicos, a abrir a los capitales privados, norteamericanos en primer lugar, los mercados públicos y el mercado europeo en general. Y hoy el capital norteamericano en crisis necesita más, y no vacilará en dinamitar a sus socios europeos apoyándose en el euro y la UE.
En 1997, en “A propósito del euro”, M. Dauberny escribía: “la suerte de la moneda única y de Maastricht la sellará la resistencia a esta política, que es un concentrado de la política de desreglamentación generalizada impuesta mundialmente por el capital financiero, que pone en entredicho las condiciones de existencia de los trabajadores y los pueblos.”
Sólo la acción de la clase obrera, defendiendo el valor de su fuerza de trabajo y sus empleos, puede verdaderamente parar la marcha a la barbarie. Sólo ella puede acabar con la asfixia de las fuerzas productivas en las fronteras nacionales unificando Europa.
Sin embargo, decían la semana pasada los dirigentes de UGT, CCOO y la central alemana DGB: “el euro ahora está en peligro y los especuladores actúan fuertemente para la implosión de la zona Euro. La actual crisis desvela las debilidades inmanentes de la construcción de la zona Euro que deben ser resueltas. Es el momento de actuar juntos rápida y eficazmente en todos los campos. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento debe ser más flexible pero al mismo tiempo sólido”. ¿No es suicida querer reforzar el pacto de Estabilidad y el euro?
Es urgente liberar a las organizaciones de los trabajadores de todo sometimiento al euro y la UE, para movilizar a todas las fuerzas de la clase trabajadora y lograr que el gobierno Zapatero, en lugar de ponerse de acuerdo con el PP para aplicar las imposiciones de Bruselas, retire su plan de ajuste y ponga en pie un plan de emergencia, de creación de empleo, prohibición de los despidos, defensa de la industria, la agricultura, los servicios públicos y la protección social. Es lo que propone el llamamiento lanzado desde el mitin del 20 de febrero en la Puerta del Sol.
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